Largo tiempo deambuló el sacerdote por los caminos de los muertos, buscando a su hija. Al fin la vio bajo la sombra de un algodonero, pero ella no reconoció a su padre.
Con el fin de devolverle la memoria a la niña, el sacerdote se sumergió en un profundo estanque negro en busca de un pez que solo habitaba en los pantanos de Itzeltek.
Asó el pescado sobre un fuego frío y le dio de comer a su hija la pálida carne. En ese mismo instante, ella recuperó la memoria.
Lleno de júbilo, el sacerdote tomó a la niña de la mano y la llevó ante el trono de Itzeltek para implorar misericordia a su dios…