En los días en que los dioses aún caminaban sobre la tierra, el sacerdote de Itzeltek, el Señor de los Muertos, tenía una hija muy querida.
Él le daba todo lo que ella deseaba, prohibiéndole solo una cosa: acercarse a las bestias sagradas, pues estas, al igual que su dios, tenían un temperamento feroz y no acogían a los vivos en el reino de los muertos.
Pero la curiosidad carcomía a la joven. Una noche se escabulló hasta el altar y permaneció allí durante las horas oscuras, hasta que el cielo comenzó a clarear. Cuando regresó a casa, una fiebre ardiente se apoderó de ella de inmediato.
El sacerdote no pudo salvarla… Lloró su pérdida durante mucho tiempo, hasta que finalmente decidió recorrer el camino que conduce al reino de los muertos en busca de su hija.
Ante él se encontraba el Guardián de la Última Puerta, un enorme cocodrilo que le cerraba el paso. El sacerdote, enfurecido, lo derribó y se adentró en el camino de los muertos…