Los norteños nos declararon la guerra, y el caudillo Chik-Chan vino en busca de una profecía.
Las estrellas callaron. En un arrebato de furia impotente, Chik-Chan destrozó el santuario y profanó el observatorio, encerrándome en su interior.
La muerte se acerca. Sé que este lugar será mi tumba. Casi no me quedan fuerzas, y la sed nubla mi vista. Sin embargo, las estrellas lo ven todo. Me susurran palabras de venganza.
Chik-Chan pronto morirá. Una banda guerrera del norte vendrá a por la hija del cacique y lo matará, arrojando su cuerpo a los Pantanos cerca de mi tumba. Allí cambiará: hinchándose y retorciéndose, entrelazándose con la tierra y con las raíces de la corrupción.
Las estrellas me susurran la calamidad que Chik-Chan ha traído sobre mi pueblo. Pero aquí dentro no hay nadie que pueda oírme.