«A pesar de todas mis desventuras en estas islas perdidas, no he visto ni un solo barco de la Hermandad de la Costa, solo sus restos, arrastrados por el mar hasta la orilla. Por otro lado, los piratas de Barbanegra están por todas partes.
En otra época, el jefe de la Hermandad, Benjamin Hornigold, habría acabado fácilmente con Teach, pero estos son tiempos difíciles para él…
A su tripulación le encantaba la historia de cuando robó el galeón español.
Cuando era un joven pirata, Hornigold izó la bandera española en su balandra, haciéndose pasar por un mercader para evitar sospechas. Al fin y al cabo, ¿qué español imaginaría que una insignificante balandra se atrevería a plantar cara a un galeón? ¡Una locura!
Pero para Hornigold se trataba de una cuestión de honor. El capitán del galeón había recibido orden del propio rey de acabar con los piratas de Tortuga.
Absorto en sus cartas, el capitán español no prestó atención a los informes sobre la llegada de una nave, y ni siquiera puso vigía.
Justo eso era lo que Hornigold esperaba. Cuando atacó con sus hombres, los españoles entraron en pánico y no opusieron resistencia. Hornigold se marchó con un buen botín y, por ironía del destino, con toda la fortuna del capitán español, que ese día había tenido suerte en el juego. Además de las ganancias, Benjamin se llevó su espléndido sombrero de ala ancha, comentando que solo por eso ya había valido la pena el abordaje.
Así, Hornigold se convirtió en uno de los capitanes más famosos de las Indias Occidentales y, más tarde, en el líder de la Hermandad de la Costa.
He encontrado algunas baratijas útiles entre los restos. Qué pena que no fuera el sombrero, me habría venido bien. Tendré que viajar ligero de equipaje a partir de ahora. Volveré a enterrar el cofre bajo el árbol marcado con un trozo de tela roja. Quizás vuelva a por él algún día».
Del diario de Alexandre Exquemelin, viajero